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Los dos elementos externos que más influyen en la percepción del vino son la temperatura y las copas. Del primero hablamos este verano. Hoy tocan las copas. La semana pasada, en una comida con directivos de una importante y afamada bodega del sur, me sorprendió ver que rechazaban el tradicional catavinos jerezano para su conocido fino y su untuoso palo cortado, y lo sustituían por una copa de tinto. Decían que el catavinos se les quedaba pequeño y que los vinos se expresaban mejor en copas de mayor tamaño.

Lo cierto es que en Todovino utilizamos una única copa para todas nuestras catas: el modelo Chianti de Riedel (a la derecha, en la imagen). Da igual que los vinos sean blancos, tintos, espumosos o dulces. Es posible que en una cena formal resulte algo chocante servir un champagne o un cava en una copa de tinto pero, realmente, en cuanto a la percepción del vino, no constituye ningún sacrilegio. Así que, ¿son tan importantes las copas?, ¿cuántas tiene que tener en casa el aficionado al vino? Y, sobre todo, ¿cuánto debe gastarse en ellas?

Nosotros les recomendamos una copa de cierto tamaño, de forma similar a la de la foto superior, con una boca ligeramente cerrada  y un balón lo suficiente redondeado que ofrezca una buena superficie para agitar el vino, airearlo y hacer que afloren los aromas. (Por cierto, para poder realizar esta operación con éxito y sin que el vino salga volando, hay que recordar que las copas nunca se deben llenar por encima de un tercio de su capacidad).

Haciendo uso del sentido común, la cantidad y el coste deberían ir de acuerdo con el consumo de vino que tenga cada uno. La siempre socorrida Ikea cuenta con un par de modelos todoterreno y de forma perfectamente correcta que se pueden meter sin muchos miramientos al lavavajillas. No superan los 90 céntimos la unidad y, realmente, para empezar a tomar vino en casa no se necesita más.

Pero, desde luego, uno puede ir más allá. La firma austriaca Riedel ha sido quien más convincentemente se ha encargado de defender que los vinos necesitan una copa con una forma específica. Más aún, que existe una copa idónea para cada tipo de vino. Y han sido capaces de probarlo en las narices y papilas de aficionados, críticos y expertos. Las catas que realizan por todo el mundo siguen ganando adeptos para su causa y no creo equivocarme al decir que casi todo el que haya participado en una de ellas se ha sentido profundamente impresionado por la forma en la que una copa puede cambiar la percepción del vino. De hecho, uno puede llegar a pensar que en lugar de encontrarse frente al mismo vino en cuatro copas diferentes, está ante cuatro vinos distintos.

La filosofía de Riedel se basa en maximizar el disfrute de estilos de vino concretos potenciando sus virtudes y ocultando sus defectos. Básicamente, trabajan con balones de mayor o menor anchura y altura, en función de las necesidades de oxigenación y complejidad aromática de los vinos (el ejemplo paradigmático del tinto de los mil aromas es el borgoña, que se bebe en la copa de balón más ancho). Pero también con la forma del borde y bocas más o menos estrechas en función de a qué parte del paladar quieren dirigir el vino. En este sentido se han apoyado en el tradicional mapa de sabores de la lengua (hoy, sin embargo, científicamente superado), según el cual el dulzor se percibe de forma más evidente en la punta de la lengua, el ácido y el salado en los laterales y el amargo en la base.

Realmente no hay ningún fabricante que iguale la amplia y siempre creciente gama de esta casa (hay incluso una copa tempranillo diseñada específicamente hace unos años para nuestra variedad más reconocida y abundante) Pero Riedel también es sinónimo de precios elevados. Su gama de copas más sencilla, Ouverture, se mueve en torno a los 10 € la unidad.

Más asequibles y también con una trayectoria específica centrada en el vino son firmas como Spiegelau (adquirida por Riedel hace unos años) o Schott Zwiesel, ambas con bastante presencia en España.

Pero si hubiera que definir el escalón más alto en el universo de las copas de vino, sería el del cristal soplado artesanalmente que se caracteriza por unos resultados de finura y ligerezas extremas. Podrían ocupar el lugar de unos “manolos” en el armario de las amantes de la moda o el de un impactante deportivo en la mente de un apasionado de los coches. De hecho, la finura del cristal ofrece una sensación táctil especialmente placentera en la entrada del vino en boca. Y aquí hay dos claros y caros favoritos. La línea Sommeliers de Riedel (con precios desde los 48 euros la unidad) y las copas Zalto Denk ‘Art (a partir de unos 25-30 euros la unidad). Estas últimas también tienen una historia que contar. Diseñadas por el sacerdote austriaco Hans Denk, su forma está inspirada en los ángulos de inclinación de la tierra, los mismos que emplearon los romanos para construir sus recipientes de conservación de alimentos.

Está claro que para disfrutar de casi todos los vinos basta con tener una copa en condiciones. Lo que uno quiera poner de más en la cristalería doméstica dependerá de su grado de interés y pasión por el vino. Quizás la copa que mejor realza su vino o sus vinos favoritos; quizás una copa soplada artesanalmente… ¿Hacia dónde van vuestras preferencias? ¿Realmente os preocupa servir el vino en las mejores condiciones posibles?